Los diarios de Fallout 4 #003: Opus 94.5

Decidí cambiar de estación de radio. Mis únicas dos opciones entonces eran Diamond City Radio y Classical Radio. No tengo nada en contra de “The Wanderer” ni todas las melodías extrañamente cincuenteras del juego –me encantan–, pero, para variarle, me fui a lo clásico.

Supongo que Jeffrey Dahmer o Ted Bundy o el Unabomber verían algo de poético en matar a un Raider a ritmo de Holst y Grieg. “Y con una copa de un buen Chianti”, agregaría Hannibal Lecter. Viejos enfermos. Sin embargo, estoy de acuerdo con ellos (con los primeros tres, al menos): Fallout 4 ha adquirido mucha mayor fuerza desde que decidí musicalizarlo con piezas clásicas. Es más dramático, es más apocalíptico, es menos repetitivo y creo que también es mucho más respetuoso andar soltando headshots con Las valkirias de Wagner que con “Runaround Sue” de Dion. Y eso que “Runaround Sue” es mi segunda canción favorita de Dion (esta es la primera).

John Wayne Gacy dice: ”Qué bonito es matar a ritmo de rock.”
John Wayne Gacy dice: ”Qué bonito es matar a ritmo de rock.”

Fue así que mi recorrido de regreso a Sanctuary, escoltando a Preston Garvey, la abuelita drogadicta y compañía, todo musicalizado por la versión Fallout de Opus 94.5, sonó épico. Fue como un regreso del hijo pródigo de Sanctuary, que llegó 200 años tarde a su desfile de bienvenida. Una vez en el lugar, Preston me habló de los Minutemen y me mandó a rescatar a un campamento con otros Minutemen. La abuelita drogadicta me pidió drogas y yo, gustoso, se las di. También le hice una silla porque ella sabe drogarse y los que saben drogarse se drogan en una silla para que no les pase lo que le pasó a Jane, la novia de Jesse, en Breaking Bad (no le den clic si no han visto la serie, ¿quieren?). Un tipo más me pidió que les pusiera agua en Sanctuary, y que les pusiera sembradíos y camas y defensas y de pronto ya me sentía candidato presidencial en gira por Estado de México, y decidí mejor dejar de platicar con él. De cualquier manera, recogí escombro, puse una casita, unos tomates, camas, arreglé mi armadura, puse una fuente de electricidad, puse focos y… no supe conectar los focos al estúpido generador. Comprobado: soy un candidato presidencial.

Nomás me falta una carretera que no lleve a ninguna parte para ser candidato oficial a la presidencia por algún partido político.
Nomás me falta una carretera que no lleve a ninguna parte para ser candidato oficial a la presidencia por algún partido político.

Caminé hacia el campamento de los Minutemen porque mi Pip-Boy, el aparatejo que cargas en el brazo y que es infinitamente más útil que un Apple Watch, señalaba Diamond City muy lejos. “¿Y si me encuentro uno de esos escorpiones gigantes a los que tanto miedo les tengo?”, fue lo primero que pensé. Claro que después también me vino a la mente que acababa de matar a Deathclaw y que, como ya estaba oscureciendo, seguramente sus papases ya estarían buscándolo en el bosque y la verdad no tenía ganas de encontrármelos. Mucho menos ahora que mi armadura se quedaría en Sanctuary porque ya no tenía un Fusion Core que le diera la energía suficiente para que yo la utilizara. El campamento de los Minutemen era la escala intermedia perfecta, así que me dirigí hacia allá. Solo que primero me encontré una presa.

Primera regla para distinguir peligro en mundos abiertos: si luce distinto del resto del terreno, es peligroso.
Primera regla para distinguir peligro en mundos abiertos: si luce distinto del resto del terreno, es peligroso.

“Tengo tres fugas en la presa y pues me da mucha flojera echarme un clavado y cerrarlas yo, así que, ¿por qué no lo haces tú?”, me dijo –palabras más, palabras menos– un tipo que estaba parado ahí a la orilla. Sonaba misteriosamente sencillo. ¿Y si adentro había un tiburón mutante? ¿Un ajolote gigante? ¿Un cocodrilo de esos que 300 años atrás alguien echó por el escusado en Nueva York? Con miedo, me eché el clavado y descubrí el primer engaño: el agua estaba irradiada, así que morí en la primera zambullida, pero no había nadie más en el agua. Al menos no cerca de esa fuga. Luego de regresar a mi quicksave, volví a cerrar la fuga, salí del agua, y, muerto de miedo, salté cerca de la segunda: tampoco había nada. Salí, me sacudí como perro y caminé hasta la tercera fuga: no había vida. Fiu. Salí muy contento a platicar con el fulano que me había pedido ayuda y me encontré con esta grosería:

”Ola k aze.”
”Ola k aze.”

Hijodelachingada casi me mata de un infarto. Hijodelachingada (así lo bauticé, luego de que fuera la primera palabra que me salió al verlo) era algo así como una hojaldra de cangrejo, en la que a alguien se le olvidó matar primero al cangrejo y quitarle las patas y tenazas, antes de meterlo entre el pan. Ah, y la hojaldra –y el cangrejo, obvio– son gigantes. Yo creía que mi fobia se limitaba a insectos, pero esta cochinada (oficialmente son conocidos como Mirelurks) hizo que subiera los pies a la silla de inmediato. Por fortuna, se le fue encima al baboso que me puso a tapar fugas, lo que yo aproveché para actuar como un héroe de acción y meterle unos escopetazos por la espalda. Lo que no consideré fue que el imbécil HDP venía acompañado. “Guau guau guau”, me dijo Pulgas, lo que se traduce en algo así como “Hijodelachingada trajo a su novia”, así que, una vez que me zumbé al infeliz mayor, me fui sobre la otra criatura hasta exterminarla. Todo mientras pegaba grititos agudos estilo “ay, ay, ay” cada que la cochinada esa me tiraba pinzazos. Ambos Mirelurks cayeron. Les arranqué un poco de carne (para un coctelito),, cobré mi recompensa y seguí mi camino.

Primero me encontré a un Bambi de dos cabezas. Luego a tres lobos sin piel. Luego a una vaca de dos cabezas, aunque la vaca al menos era mansa. Llegué con los futuros Minutemen y me dijeron que se unirían a la causa si y solo si iba a una estación de suministro de energía y erradicaba a todos los Raiders que ahí encontrara. Como lo que menos quiero hacer ahora es llegar a Diamond City, fui por los Raiders, pero en el camino me topé con un robot asesino, un Feral Ghoul –que encaja perfecto en la categoría “zombi genérico”– y tres cucarachotas. Me tomó como dos horas limpiar el lugar de Raiders. Los maté a todos, incluyendo a un tipo llamado Jared, mientras escuchaba música clásica (yo era el que escuchaba la música; ese güey tenía facha de escuchar bachata). Utilicé escopetas, pistolas, rifles láser e incluso un machete. No me enorgullece decir que disfruté la masacre de principio a fin pero tampoco me da pena. Pena habría sido que hubiera llevado una botella de un buen Chianti para acompañarla.

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Aquí una imagen de su servidor y amigo a punto de tzingarse al vocalista de Slipknot con un cuchillo cebollero.

Acerca de arsánchezq

ingeniero de profesión, campeón por decisión unánime.

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