Una noche con Metal Gear Solid V

Nota del autor: Este texto no tiene spóilers, así que siéntete libre de leer. Y si los tuviera, recuerda que la historia de MGS V es como la de cualquier Metal Gear: incomprensible.

Estoy en algún lugar de Afganistán. Por radio recibo información de la misión, que opté por elegir tras finalizar un encargo optativo en el que interrogué y maté a un par de rusos. Monto a caballo algunos minutos y llego al “objetivo”: un campamento bien resguardado aunque es de noche. Pido más información por radio y entiendo que debo destruir tres antenas de comunicación. Fácil, supongo.

Comienzo a pensar mi ruta y dado que la base se ubica en una especie de canal en el desierto, intento por la derecha porque ahí vi menos riesgo. A medio camino recapacito y corrijo hacia la izquierda. Mierda, imposible. Debo entrar por el centro o dar la vuelta al desierto y llegar por el sur (o norte, la neta ni idea). Allá voy.

Al cabo de varios conatos de alarma logro adentrarme en la base. Llegar a las antenitas (unas cosas pinchísimas porque son rusos en Afganistán en los ochenta) fue más complicado de lo que creí, pero como logré infiltrarme sin ser visto, me decido a estallar las antenas. Por la radio me dicen que “los explosivos serían efectivos”. Como con cara de “no mames Kojima, obvio”, busco entre mis ítems el C-4 y nada, solo traigo unas pinches granadas de fragmentación. Entonces recuerdo que en el tutorial del juego me explicaron que podía pedir cosas por encargo, que el equipo de desarrollo de la Mother Base puede trabajar en pistolas, escopetas como del Viejo Oeste y hasta cajas de cartón. Cualquier cosa que quiera (y que mi equipo de “desarrollo” pueda fabricar) puede ser enviada por aire a mi ubicación. Aunque Metal Gear Solid V ocurre en los años ochenta, su sistema de ítems es como una mezcla de Amazon con Uber y Google Maps, pero bélico. Pido mi C-4 y justo cuando escucho al avión aproximarse, una tormenta de arena me toma por sorpresa y veo poco, así que mi cargamento se pierde por la base. Al cabo de unos minutos y unos cuantos soldados neutralizados (que puse a dormir con tranquilizantes, pues), vuelvo a pedir mi C-4. “¡Viva!”, me digo a mí mismo, “ya puedo volar las antenitas”.

Con estas antenas los rusos de MGS interceptan aviones... y se vuelan MTV.
Con estas antenas los rusos de MGS interceptan aviones… y se vuelan MTV.

Después de todo lo que pasé, pensé que pegarles C-4 a las antenitas iba a ser como ponerle un chicle a un árbol, pero la ubicación de una de las antenas complica las cosas. Empiezo a temer que mi juego tan minuciosamente precavido termine en un tiroteo burdo donde con algo de pericia seguro saldré caminando. La antena está ubicada al centro de la base, así que emprendo el sigiloso camino. En una escena limítrofe pongo a dormir a tres rusos en un bullet-time bastante tenso. Alcanzo la antena, pongo el último C-4 y me escabullo entre la arena y el sol desértico.

Ni yo sé cómo me libré de esta.
Ni yo sé cómo me libré de esta.

Alejado de la base y montado otra vez en mi caballo, detono los explosivos. Por la radio me felicitan por el éxito en la misión y me avisan que un helicóptero ya va en camino para llevarme de vuelta a Mother Base. Colocar las antenitas sin detonar la alarma salvo cuando aquello parecía una película de Van Damme, fue bastante satisfactorio. Igual obtuve una calificación de C, aunque ahora que conozco el escenario y situación sé que podría tener un mejor resultado. Ya veré qué misión me depara esta noche Metal Gear Solid V.

Acerca de Allan Vélez

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