Memorias de un gamer (o cómo comencé a jugar)

Soy un gamer genérico como tú que podría tener una historia de origen similar a la tuya…

No sé cómo entraste al mundo de los videojuegos ni cuándo, pero sí recuerdo el instante preciso en que yo lo hice.

Desde que era demasiado joven para recordarlo, ya había una consola en mi casa. Era un Atari 2600 que aún conservo, inservible, en el departamento donde vivo actualmente. Recuerdo que mis dos hermanas mayores disfrutaban de Frogger cuando jugaban juntas, pero a mí, por pequeño, me alejaban de la acción digital.

Una fatídica tarde de fin de semana, harto del constante rechazo de mis consanguíneas, embriagado por una mixtura de coraje e inocencia, llené un vaso de unicel con agua y lo vertí directo sobre la consola, arruinando el juego para siempre; tanto, que hoy en día ese aparato que tengo como decoración continúa inerte, inservible, con un cartucho viejo colocado sobre su ranura para “que no se vea tan incompleto”.

Ahí lo tienen, el Atari 2600 que jodí hace unos 23 años.
Ahí lo tienen, el Atari 2600 que jodí hace unos 23 años.

Tuvieron que pasar varios años para que mis padres confiaran en mí nuevamente y me compraran otra consola. En aquella ocasión fue un NES que, sospecho, era usado, pero que venía en su caja con todos sus manuales y algunos juegos aún en sus empaques originales.

Recuerdo que, en aquel entonces, mi interés por los videojuegos era nulo, pero mi padre, quizá sintiéndose culpable de que mis hermanas nunca me dejaron jugar con su Atari, me llamó un día a su habitación para mostrarme lo que  había comprado: un NES conectado a la tele y con el juego Kung Fu reproduciéndose en toda su gloria de ocho bits.

Mi NES siempre fiel, sólo falló una vez y "Luigi", del "Taller de Luigi", me lo reparó.
Mi NES siempre fiel, solo falló una vez y “Luigi”, del “Taller de Luigi”, me lo reparó.

Mentiría si dijera que desde entonces quedé imantado a la tele y al control, y es que, siendo honesto, no recuerdo qué hice instantes después de que mi padre me invitara a dejar mis juguetes para tomar el mando y comenzar a vivir todos los juegos que había conseguido para mí.

Mi padre nunca ha sido mucho de videojuegos, pero el primer catálogo de títulos que había procurado para iniciarme en ese mundo fue espectacular: Mega Man 2, el ya mencionado Kung Fu, Super Mario Bros. con Duck Hunt, Xenophobe, Ninja Gaiden, Contra, The Legend of Zelda (aún en su caja) y otros que ya no recuerdo.

Una foto de mi PlayStation 2 nomás para que se den un quemón.
Una foto de mi PlayStation 2 nomás para que se den un quemón.

¿Se habrá imaginado mi padre que a partir de entonces mi vida giraría en torno a un pasatiempo tan “inocuo” como ese? Yo creo que no, porque, a la fecha, sigue preguntándose por qué a mis 27 años no he dejado de jugar.

El resto de la historia puede parecerse mucho a la tuya o puede que no. Lo que sí puedo decirte fue que nunca estuve “al día” con eso de las consolas pues cuando ya había Nintendo 64, yo seguía con mi NES.

Ya con el tiempo, fui comprando mis propias consolas.
Ya con el tiempo, fui comprando mis propias consolas.

Posteriormente, dependió de mí y del salario de mis primeros empleos el ponerme a la moda con el resto de las personas con “papás ricos” o con edad suficiente de hacerse de sus propias consolas, y parte de la culpa la tuvieron Club Nintendo y Nintendomanía, que siempre hablaban de juegos nuevos y viajes al E3 a los que no pude acceder.

¿Cuál es tu historia?

Acerca de Todd Basalvilvazo

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