Diario de Bloodborne #006: La depresión

Estoy desilusionado. Estoy escandalizado. Estoy incluso un poco perdido. Tal vez sea que apenas y he podido jugar un rato. O tal vez sea que soy nivel 50ytantos entrados a 60 y me siento como adolescente que recién recogió su permiso de manejo: nada más me falta agarrarle una nalga a uno de los lobos con rastrillo o hachas que pululan en Forbidden Forest para perderle el respeto total a la zona. Pero mejor me explico.

Aceptémoslo, Yharnam es una cuesta empinadísima. El juego es un muro contra el que un novato como yo choca y choca y choca y choca. Cleric Beast, Father Gascoigne, Amelia, Paarl, esos hunters montoneros… todos han sido un desafío brutal a mis limitadas capacidades. He avanzado más por tenacidad que por capacidad. No ha habido nada fácil. Hasta ahora, que conocí al jefe más sin chiste de todo Bloodborne (espero).

Llegar hasta Witch of Hemwick fue más bien un accidente que una decisión planeada. Estuve en Forbidden Forest hasta que memoricé cada rincón. Creí que sería una de esas áreas con dos o tres ramificaciones, así que avancé con precaución por cada camino, matando a diestra y siniestra a lobos, sombrerudos, Snatchers (bueno, solo vi a uno) e incluso a esas cosas que parecen Linda Blair saliendo de un charco de lodo de Lollapalooza. Abrí puertas, crucé azoteas, recogí ítems y solo quedé con un camino a explorar: el túnel que lleva hacia un pantano venenoso con gigantes y culebrones. Entré, maté a un gigante (lo trabé en la entrada de la caverna y le repartí caña desde lejos) y me morí envenenado. Había que explorar el otro lado del bosque.

Fui por la entrada a un lado de la catedral de Amelia. Quería ver en qué momento se unía esta parte con el otro lado del bosque (en ninguna, según mi experiencia), así que comencé a avanzar lentamente pero sin morir. Había perros, sombrerudos, un nuevo enemigo que parece una viejita con hacha o con trinche o con hierros candentes, y montonales de gordos con armadura como aquel primero de Central Yharnam. Ninguno me hizo ver la apestosa pantalla de muerte (¡ya dura menos y ya es menos aburrida! ¡ajúa!), así que avancé hasta llegar a un punto que parecía la sala de un jefe. Decidí que no quería perder mis Blood Echoes, pues lo más seguro era que moriría en mi primer intento (y en el segundo y tercero y el resto de la primer decena), así que volví a la lámpara más cercana y subí de nivel.

Me encaminé hacia Witch of Hemwick sin saber qué esperar. Entré al cuarto del puente, donde el enemigo te espera, apareció su barra de vida pero no vi a ningún enemigo. Moví la cámara para un lado. Nada. Para el otro, nada. De pronto vi a uno de esos flacuchos despeinados que parecen primos darketos de Sonic the Hedgehog y me le fui encima. “Si esta madre es una bruja, seguro va a estar bien cañangas”. Lo despaché con el cuidado que uno tiene solo con los jefes. La barra de vida no se movió. Fue entonces que vi una luz brillante al otro lado del cuarto. “¡Esa es la bruja!”, pensé, mientras corría hacia el punto luminoso. Efectivamente, apareció una viejilla como aquellas que me habían degollado muchas veces en Unseen Village. Le di un par de sablazos y vi que su vida comenzaba a bajar. La verdad, no estaba impresionado.

La batalla siguió: en lugar de un Sonic darketo, sacó dos Sonics darketos. Le bajé la mitad de la vida sin morir y todavía tenía Blood Vials para echar al cielo. Cambió de estrategia y comenzó a utilizar un hechizo de color rosa. No sé cómo pero logré esquivarlo la primera vez que lo lanzó (supongo que fue la invencible maroma la que me salvó) y quedé junto a ella para recetarle sendos llegues. De pronto ya había una segunda bruja y una segunda barra de vida. Aun con dos señoras, yo ya estaba confiado: mi rutina era perseguir la luz y dejarme ir a golpes sin razonar… hasta que quedé congelado en su hechizo. Al no poder moverme, sacudí el control, imploré y casi me arrodillé cuando vi que se me acercaba, sacaba un cuchillo y, justo como hicieran las viejas de Unseen Village, me degollaba una y otra vez. “Ya valió madres”, pensaba, mientras me daba coraje mi descuido. Pero de pronto me soltó. No me había bajado ni un cuarto de la vida. Le repartí caña a una de las ancianitas al poco tiempo. La última no tardó en morirse. “Prey slaughtered”, salió en la pantalla. Una lámpara surgió en el cuarto. De inmediato corrí a The Hunter’s Dream.

Una vez que había utilizado los Blood Echoes que soltó la doña, decidí seguir con la exploración de Hemwich solo para darme cuenta de que no había mucho más, salvo una herramienta valiosísima al fondo del cuarto. La tomé, regresé a la lámpara y me sentí desilusionado. ¿Cómo era posible que hubiera matado al jefe a la primera? Esperaba una mejor batalla. También me pareció una jefa muy intrascendente. En realidad ni a jefa llegaba; era una enemiga genérica con nombre y vida de jefa. Witch of Hemwick es una broma. Es como poner a un sombrerudo con escopeta en un cuarto, cambiarle de nombre, treparle a sus estadísticas y decir que es un jefe (¡por favor, Bloodborne, no lo hagas!). Un horror.

Di la media vuelta y me dirigí al pantano. Sé que ahí está el que posiblemente sea el jefe que me haga soltar el juego en contra de mi voluntad. Rom, mi aracnofobia y yo estamos listos.

Acerca de arsánchezq

ingeniero de profesión, campeón por decisión unánime.

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